27 octubre 2026

la financiación de la Inteligencia Artificial

La invisible financiación de la inteligencia artificial

Estados Unidos tiene una ventaja indiscutible frente al resto del mundo en la enorme capacidad de sus mercados de capital para financiar empresas e innovaciones tecnológicas, como el desarrollo de la inteligencia artificial en cantidades inigualables a ningún otro país.

El desarrollo de la inteligencia artificial en Estados Unidos, a diferencia de cualquier otra gran innovación tecnológica anterior como internet o el teléfono móvil, se está financiando no solo con recursos propios mediante ampliaciones de capital de las empresas, sino también y de forma muy intensa, a través de la emisión de deuda a muy largo plazo.

La emisión de bonos relacionados con la inteligencia artificial asciende ya a unos 500.000 millones de dólares, de la que prácticamente el 40% corresponde a las grandes empresas denominadas "hiperescaladores".

Sorprendentemente, en Estados Unidos, además de la emisión de bonos emitidos directamente por las empresas, se ha encontrado la forma para que una parte relevante de la deuda necesaria para el desarrollo de la inteligencia artificial no aparezca en los balances de las empresas beneficiarias.

Aunque los sistemas de financiación varían entre empresas, el esquema básico utilizado para la financiación de la construcción de grandísimos centros de datos es el siguiente:

Meta, por ejemplo, crea una sociedad de propósito especial, o SPV por sus siglas en inglés. De dicha SPV, Meta solo controla el 20% del capital, mientras que el 80% restante es propiedad de grandes gestoras como Blue Owl o BlackRock, ambas socias de Meta en sus dos últimas SPV.

Dichas SPV emiten bonos por la cuantía necesaria para acometer la construcción y puesta en producción del centro de datos. En las dos últimas SPV de Meta los importes han sido de 14.000 millones y 27.300 millones de dólares, respectivamente. Dichos bonos son adquiridos por aseguradoras y grandes fondos de inversión.

La SPV es la propietaria del centro de datos. Firma un contrato de alquiler de las instalaciones con Meta a 20 años, pero con opción de renovar el alquiler cada cuatro años. Para reducir el riesgo de los bonistas, Meta ofrece una garantía de valor residual, por la que, si no decide renovar el alquiler en algún momento, compensará a la SPV por la pérdida de valor del activo.

Las ventajas de este tipo de financiación para Meta y para el resto de las compañías que utilizan las SPV son notables:

Al no controlar la SPV, no tiene que incluir en su balance toda la deuda de la SPV, que empeoraría notablemente su solvencia financiera y pondría en riesgo los límites de apalancamiento exigidos por bancos y por bonistas.

En lugar de tener una enorme salida de caja para financiar toda la inversión en la construcción y puesta en funcionamiento de los centros de datos, pasa a tener un gasto operativo de alquiler.

Incluso el compromiso de alquiler futuro no tiene necesariamente que incluir el importe del alquiler de los 20 años, sin ser considerado, además, dicho compromiso como deuda financiera.

Hasta que no comienza el alquiler real, por estar ya disponible el centro de datos, no hay que reflejar ningún compromiso en el balance.

Se estima que los compromisos contractuales de este tipo fuera del balance de las cinco grandes tecnológicas (Alphabet, Microsoft, Amazon, Meta y Oracle) vinculados con infraestructuras de IA superan los 1,65 billones de dólares. Estos compromisos no son bonos que se hayan emitido, sino las obligaciones futuras que tienen estas compañías y que no aparecen en el balance de las entidades.

Microsoft, por su parte, creó un vehículo en 2024 con BlackRock y varios fondos internacionales para formar un consorcio que pudiera llegar a conseguir la inversión de hasta 100.000 millones de dólares principalmente en centros de datos. Microsoft solo aporta una pequeña parte del capital, pero actúa como socio tecnológico e inquilino de los centros de datos, beneficiándose de las mismas ventajas comentadas para el caso de Meta. Se estima que los arrendamientos firmados, pero todavía no iniciados, de Microsoft ascienden a 329.000 millones de dólares.

Alphabet, la matriz de Google, va más allá. Utiliza el esquema de las SPV para sus propios centros de datos, pero también para financiar la infraestructura de las startups en las que invierte, asegurándose así la venta de sus propios chips (TPU).

Mediante este sistema se ha logrado un programa de financiación de 150.000 millones de dólares para Anthropic. El esquema es el siguiente:

Google aporta una pequeña parte del capital de la SPV siendo Apollo y Blackstone los socios principales.

La SPV emite deuda para financiar la compra de los chips TPU de Google.

La SPV compra los chips a Google.

La SPV alquila los chips a Anthropic, de la que Google posee el 14%.

En el caso de impago del alquiler por parte de Anthropic, si se venden los chips por menos de lo que se consideraba que valían, Broadcom cubre la diferencia, pero solo para los inversores de los bonos con mejor calificación crediticia (bonos senior).

Broadcom es el socio de Google para fabricar sus chips TPU.

 

He leido un artículo en Bloomberg Economics que debería hacernos reflexionar.

La inversión en inteligencia artificial está provocando enormes movimientos de capital a escala mundial. Y algunos de los desequilibrios que se están formando recuerdan peligrosamente a los años anteriores a la crisis financiera de 2008.

Las cifras son impresionantes:

🔹 9 billones de dólares de inversión prevista en infraestructuras de IA hasta 2032.

🔹 4,9 billones de dólares de exposición de inversores extranjeros a acciones estadounidenses de sectores vinculados a la IA.

🔹 Casi 3 billones de dólares en compromisos de grandes tecnológicas que, según Bloomberg, no figuran directamente en sus balances.

Pero lo más interesante es cómo circula el dinero y cómo ese movimiento está alimentando el propio auge de la inteligencia artificial.

Por un lado, tenemos un gigantesco circuito internacional. Estados Unidos compra chips y componentes a Taiwán y Corea del Sur. Estos países acumulan enormes beneficios y parte de ese dinero regresa a Estados Unidos para financiar nuevas empresas tecnológicas, centros de datos y proyectos de IA. Es decir, el dinero sale de Estados Unidos para comprar tecnología y vuelve convertido en inversión para seguir comprando más tecnología.

Pero existe un segundo circuito, todavía más llamativo, dentro de la propia industria.

Nvidia es uno de sus grandes protagonistas. La compañía obtiene enormes beneficios vendiendo los chips necesarios para desarrollar inteligencia artificial. Pero, al mismo tiempo, invierte en empresas que necesitan precisamente esos chips para crecer. Estas compañías consiguen financiación, construyen sus infraestructuras y utilizan parte del capital para comprar procesadores de Nvidia.

Es decir, Nvidia puede estar financiando a sus propios clientes para que estos, a su vez, le compren sus productos.

Mientras todo crece, parece un círculo virtuoso: más inversión genera más demanda, más ventas, más beneficios y nuevas inversiones.

¿Pero qué ocurre si los ingresos reales que genera la inteligencia artificial no crecen al ritmo necesario para justificar semejante despliegue de capital?

Entonces, ese círculo virtuoso puede convertirse en un círculo vicioso. Porque una parte de la demanda que parecía tan sólida podría depender de que siga entrando dinero nuevo para financiarla.

Y aquí está precisamente el riesgo: confundir una demanda impulsada por la financiación disponible con una demanda respaldada por una rentabilidad económica sostenible.

En 2008, buena parte del ahorro mundial terminaba financiando la burbuja inmobiliaria estadounidense. Hoy, una parte creciente se dirige a la inteligencia artificial.

Además, ahora ese capital está en manos de fondos de inversión, fondos de pensiones y hedge funds, capaces de retirar su dinero mucho más rápidamente si cambia el sentimiento del mercado. Y todo esto sucede con unos gobiernos mucho más endeudados y unos tipos de interés elevados.

¿Significa que la IA es una burbuja como la inmobiliaria de 2008?

No necesariamente. La tecnología es real, está transformando la economía y muchas de las empresas protagonistas generan enormes beneficios. Pero una cosa es que una tecnología tenga un futuro extraordinario y otra muy distinta que cualquier precio pagado por ella esté justificado.

El mayor peligro no es que la inteligencia artificial fracase, cosa que no creo que vaya a pasar en absoluto. Es que las expectativas de rentabilidad sean tan elevadas que incluso una revolución tecnológica de éxito termine decepcionando a los inversores.

Y cuando tanto dinero, tanta deuda y tantos países dependen de una misma apuesta, una corrección puede tener consecuencias mucho más allá del sector tecnológico.

La pregunta no es si la IA cambiará el mundo porque ya lo está haciendo. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a pagar hoy por ese futuro.

Abrazos,

PD: Vuelvo con la HUMILDAD: