28 abril 2016

productividad

Para que mejore la economía…
Hacer las cosas mejor, esto es, producir más pero combinando de forma más eficiente los inputs, es la obsesión de cualquier empresario. También de cualquiera preocupado por la economía de un país. Se trata de conseguir crecer a través de ese itinerario virtuoso que, sin menoscabo del grado de utilización de factores, los emplea mejor con el tiempo: consigue que crezca la productividad, en definitiva. Para que ello sea posible es necesario, en primer lugar, que haya buenos empresarios, capaces de gestionar bien las distintas aportaciones factoriales, pero también de asimilar o generar innovaciones suficientes que empujen esa calidad de la gestión. Si eso se consigue, si la eficiencia o productividad mejora continuamente, lo hará también el PIB por habitante, el indicador de bienestar que todavía sigue siendo el más expresivo para los economistas. Las grandes diferencias que en horizontes largos se observa en la renta per cápita de los países acaban siendo explicadas por diferencias en la productividad del trabajo, como nos ha recordado la OCDE en un estudio específico (“The Future of Productivity”) del que está tomado el gráfico que acompaña a estas notas. La pertinencia de ese trabajo viene amparada en el descenso observado en los últimos años en el crecimiento de la productividad, cuestionando hasta qué punto se trata de un fenómeno más o menos pasajero o algo que ha llegado para quedarse.
El gráfico compara el comportamiento de los dos principales componentes de las variaciones en el PIB por habitante: la contribución del trabajo empleado (horas trabajadas por habitante) y la de la productividad del trabajo (PIB por hora trabajada) de los miembros de la OCDE frente al promedio de las 17 economías con mejor PIB per cápita en 2013.
Fuente: OCDE, “The Future of Productivity
Para que la productividad avance, la innovación es clave, ya lo sabemos. Y asimilar las innovaciones e ideas valiosas disponibles es tan importante como generarlas. Sin necesidad de remontarse mucho en el tiempo, lo hemos observado en la discontinuidad tecnológica más reciente, la que provocaron las TIC y la subsiguiente extensión de la digitalización a un número creciente de actividades económicas. Así ocurrió en la economía estadunidense a partir de mediados de los noventa, cuando las TIC registraron una amplia difusión. Europa quedó más rezagada.
Entre los daños generados por la crisis, la reducción del crecimiento de la productividad aparece como uno de los más inquietantes. Y en su explicación es la ausencia de inversión en capital basado en el conocimiento la razón fundamental. Por eso la primera medida que recomienda la OCDE es mejorar la inversión pública, y la correspondiente organización de la misma, en investigación básica. El apoyo a los sistemas universitarios y la más estrecha colaboración de las universidades con las empresas son piezas esenciales. Junto a ello, la mayor apertura y conectividad internacional con el fin de facilitar la asimilación de innovaciones o la diversificación de las instituciones e instrumentos financieros, son elementos importantes.
No son recetas originales, es verdad, pero cuando siguen apoyadas en nueva y amplia evidencia como la que aporta el trabajo de la OCDE merece la pena asumirla como prioridad de la política económica. Convendría tomar buena nota en nuestro país en un momento en el que se dan a conocer intenciones, programas y prioridades de quienes aspiran a formar gobierno. 
Abrazos,
PD1: otro más:
Una de las mayores diferencias en términos de progreso está en la capacidad de quien dirige las empresas
Con la “nueva normalidad” económica emergente tras la crisis parece asumirse que el crecimiento económico va a quedar muy por debajo del potencial en muchas economías durante demasiado tiempo. Este ha sido erosionado por la caída en la acumulación de todas las formas de capital, por el aumento del desempleo estructural y el no menos explícito descenso en la Productividad Total de los Factores (PTF). El envejecimiento demográfico o la ampliación de la desigualdad tampoco favorecerá el crecimiento tendencial, en ausencia de avances significativos en la productividad.
La mejora de las condiciones de vida de la población, de ascenso del PIB por habitante, depende en gran medida del comportamiento de la productividad de la economía. Y en el crecimiento de esta, la reducción de los que trabajan, del número de horas que lo hacen o del salario de los mismos no es precisamente la forma más sana de conseguirlo. Ni la más sostenible. Lo más conveniente es que las mejoras vengan determinadas por la PTF, ese componente de la productividad que representa la contribución al crecimiento del PIB adicional a las aportaciones de las horas de trabajo, de las habilidades de los trabajadores o de la dotación de capital físico. Captura el progreso tecnológico y, desde luego la eficiencia en la producción.
Las evidencias más recientes siguen revelando caídas de la productividad en muchas economías, aun cuando las diferencias entre ellas sean notables. En la eurozona el descenso a partir del inicio de la crisis ha sido más acusado, quedando España en las posiciones más rezagadas tanto en manufacturas como en servicios, tal como se ilustraba en una investigación del FMI A Sector-Level Perspective on Productivity Trends in Advanced Economies, de marzo 2015. Aquellos países que han registrado una mayor convergencia real, en avances de su renta por habitante, lo han hecho a través de aumentos sostenidos en la PTF, avalando la presunción de que el crecimiento económico en las próximas décadas dependerá cada vez más de mejoras en ese componente. Para ello, la apertura al exterior, la acumulación de capital basado en el conocimiento, las estrechamente relacionadas inversión en I+D y la capacidad empresarial, son esenciales. Sin embargo, la OCDE, en un trabajo reciente, The Future of Productivity, advierte que la difusión del conocimiento no puede darse por garantizada: va a depender en gran medida de las capacidades empresariales para captarla.
En la medida en que la PTF refleja la eficiencia con que los factores de la producción son utilizados, las mejoras organizativas en las empresas y, muy especialmente, la calidad de la función empresarial, de la gestión, desempeñan un papel central. Lo hacen facilitando la absorción y aplicación de nuevas ideas, la asimilación de innovaciones, pero también en la más amplia función de combinación y coordinación de todos los factores que operan en la empresa. El ejemplo con mayor vigencia y más amplio respaldo empírico es el aprovechamiento de las posibilidades asociadas a la extensión de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), de las ventajas que depara la “cuarta revolución industrial” en torno a la creciente digitalización.
Esa necesaria asimilación de la difusión del conocimiento exige adaptaciones en la organización y en los procesos de decisión de las empresas que no siempre encuentran la capacidad y habilidades necesarias de quien las gobierna. Y ahí radica una de las principales diferencias en términos de progreso y prosperidad de las distintas economías.
Tener buenos o malos empresarios, o directivos empresariales, no es neutral. Si esto era fácil de intuir, varias investigaciones le dan respaldo empírico suficiente. Entre otras, la de D. Andrews y B. Westmore Managerial Capital and Business R&D as Enablers of Productivity Convergence, OCDE, 2014, destaca la evidencia de que el ritmo de crecimiento de la PTF de una economía está positivamente relacionada con la calidad de su “capital gerencial”. Y esta explica una parte significativa de las diferencias en PTF entre las economías más avanzadas y el resto, así como las diferencias entre distintas empresas en el seno de las economías. Al menos la mitad de la diferencia en el crecimiento de la productividad entre EE UU y Europa entre 1995 y 2004 es explicada por la existencia en el primero de capacidades de gestión empresarial superiores.
El trabajo difundido hace unos meses por N. Bloom, R. Sadun y J. V. Reenen Management as a Technology, después de revisar datos de 10.000 empresas manufactureras correspondientes a 30 países, concluye que aproximadamente una cuarta parte de las diferencias existentes en la productividad entre países pueden ser atribuidas a diferencias en la calidad gerencial. Asumen la idea que las formas de gestión empresarial son como una tecnología, en términos de su contribución al aumento de la PTF. Pero también verifican que la calidad de la gestión empresarial depende en gran medida del grado de competencia de los mercados en los que operan las empresas. La asociación positiva de la calidad de la gestión con la edad y dimensión de las empresas es otra conclusión relevante.
La posición de España en el trabajo de Andrews y Westmore no es muy favorable. La contribución de la PTF al aumento del PIB por habitante ya era de las más bajas bastantes años antes de la crisis; en realidad constituyó un drenaje en todo el periodo 2000 y 2011. Y reducida, tanto en términos absolutos como en comparación con otros países, ha sido también la inversión en I+D de las empresas españolas entre 1986 y 2008. En los indicadores de calidad gerencial, las posiciones tampoco son buenas: España queda en la posición 18ª del World Management Survey correspondiente a 2014. Como consecuencia de esas menores contribuciones de la calidad gerencial y de la inversión empresarial en capital tecnológico, en el ejercicio de proyección a 2060 del PIB por habitante de varios países, el español es de los que menos avanza, apenas el 15%.
Por muy escépticos que seamos acerca de la fiabilidad de proyecciones a tan largo plazo, sí convendría asumir que prestar atención al fortalecimiento de la PTF, a la generación de ese colesterol bueno del crecimiento, debería ser un propósito prioritario. La mejora de la calidad empresarial es una de las condiciones necesarias para facilitar la difusión del conocimiento en que se sustentarán esas mejoras de la eficiencia. Atenderla es poco costosa en términos convencionales, presupuestarios, y sus resultados podemos observarlos a un plazo no muy largo. La observación de William Baumol acerca de la generación de incentivos sociales para que a la función empresarial se asignen talentos, o la no menos tópica de J.M. Keynes sugiriendo la distinción entre empresarios y logreros, sigue siendo pertinentes para la disposición de ese intangible.
Con todo, no es necesario insistir mucho en que a ello pueden contribuir igualmente otras formas de fortalecimiento de la productividad igualmente amparadas en la experiencia. La calidad de la regulación y de las instituciones, la suficiente oxigenación competitiva en todos los mercados, la inversión privada y pública en I+D y, no menos importante, la educación. Aquella afirmación que hiciera Paul Krugman hace más de 20 años —“la productividad no es todo, pero a largo plazo es casi todo”— ha encontrado en esta larga resaca de la crisis su más importante valedor.
PD2: La culpa es de los salarios:

El helicóptero Draghi se estrella contra los bajos salarios

La política monetaria de Draghi continúa sin lograr sus objetivos. Ni crece la inflación ni el aumento del crédito es suficiente para impulsar la economía. Los salarios lo explican.
Un conocido dicho -que algunos atribuyen a Keynes- sostiene que se puede llevar al caballo a la fuente para que beba agua, pero no se le puede obligar a que lo haga. Muchos economistas utilizan esta metáfora para descalificar las políticas monetarias formalmente ultralaxas encaminadas a inundar de dinero el sistema económico. Y a eso se le llama trampa de liquidez, que se produce cuando la masa monetaria crece y crece y no tiene apenas efecto sobre la economía real.
Los partidarios de llevar el caballo a la fuente aseguran que es cuestión de tiempo. “Espera un tiempo y verás que  el caballo acaba bebiendo de la fuente”, sostenía son sorna hace unos días un venerable economista español de amplio currículo.
Es probable que tenga razón. Pero hoy por hoy, el fracaso del BCE -y de otros bancos centrales- es clamoroso. El caballo sigue sin beber agua. Ni crece la inflación (-0,2% anual en la eurozona) ni se incrementa de forma relevante el volumen de préstamos, esencial para tirar de la inversión.
La zona euro, de hecho, creció en 2015 un raquítico 1,6% en términos anuales, y apenas tres décimas (un 1,2% en tasa intertrimestral anualizada) entre octubre y diciembre del año pasado. Y lo que es todavía más significativo: el desempleo continúa por encima del 10% pese a la manta de liquidez proporcionada por el BCE.
Como le gusta decir a Draghi, los mecanismos de transmisión de la política monetaria siguen rotos. O maltrechos, como se prefiera. Y el resultado es que cuatro años después de su frase legendaria en Londres (“El BCE está preparado para hacer lo que sea necesario para salvar al euro…”), la economía continúa con respiración asistida. Europa, y en particular los mercados financieros, sobreviven solo por la acción del BCE. Una especie de metadona monetaria que explica los espasmos bursátiles.
¿Por qué no están funcionando los estímulos monetarios? La literatura económica clásica tiene una primera explicación. Los tipos de interés oficiales nominales (con inflación) están por los suelos -0,0% desde la semana próxima-, pero los reales (sin contar el efecto de los precios) siguen siendo bastante elevados. Expresado en términos más concretos: mientras que los tipos de interés de las nuevas operaciones (TAE) para adquisición de viviendas se situaron en enero en el 2,43%, el IPC anual alcanzó el -0,3% ese mismo mes.
Por lo tanto, un tipo de interés real cercano al 3%, lo cual no parece el mejor escenario para impulsar el crédito. Es como si la inflación estuviera en el 2% (objetivo declarado del BCE) y los préstamos al 5%. Este dislate es todavía más evidente en el caso de los créditos al consumo, que en el caso de las nuevas operaciones se situó en el 9,04%. ¿A que nadie diría que el BCE regala el dinero para comprar un piso o un frigorífico? Pese a ello, el crédito a los hogares sobre nuevas operaciones está creciendo un 8,5% anual.

El helicóptero Draghi

Es obvio que se trata de un tasa significativa, pero ese avance hay que relativizarlo, y mucho, si se tiene en cuenta que el crédito a los hogares ha caído nada menos que un 59,3%, según el Banco de España, entre 2008 y 2015, lo cual pone cada cosa en su sitio. Se crece mucho, pero previamente se ha producido un verdadero desplome. Un par de datos ilustran este fenómeno. En 2010, ya en plena crisis, las nuevas operaciones de crédito a los hogares alcanzaron los 123.400 millones, pero en 2015, pese al crecimiento, apenas se llegó a los 75.700. Es decir, el helicóptero Draghi navega a velocidad de tortuga.
Ese desplome -el pinchazo de la burbuja del crédito- es la causa última de la recesión iniciada en 2008, pero también está detrás de un cambio de política económica de indudable trascendencia. El objetivo de los 'policy makers' ha sido en los últimos años ganar competitividad frente a los tigres asiáticos. Algo que explica el fuerte descenso de los costes laborales unitarios que se ha producido en la eurozona desde el comienzo de la crisis. Y que afecta, incluso, a los países, como Alemania, que mejor han salido parados de la crisis. El resultado, como no puede ser de otra manera, se ha traducido en una moderación salarial sin precedentes que obviamente está teniendo efectos relevantes sobre el volumen de crédito.
El BCE baja el tipo general al 0%
No se trata de un fenómeno coyuntural. La propia Comisión Europea admite en su último informe sobre España que los resultados de un análisis comparativo de los salarios realizado a escala de la UE a 18 muestran que, en 2014, los salarios nominales crecieron en España por debajo de una predicción basada en fundamentos económicos (es decir, crecimiento de los precios nacionales, el desempleo y la productividad) y por debajo de la tasa coherente con un valor constante del tipo de cambio real efectivo. Por lo tanto, las nóminas crecen, incluso, por debajo de lo que dicen los fundamentales de la economía española.
Parece obvio que con bajos salarios y con un elevado nivel de precariedad laboral -desde luego en el caso español-, la demanda solvente de crédito tiende a debilitarse. Sobre todo teniendo en cuenta que el estrechamiento de márgenes financieros va en aumento y la banca, con buen criterio, huye de la morosidad como de la tiña. No en vano, la laxitud con la que se concedieron los créditos en los años anteriores a la crisis les ha obligado a hacer enormes provisiones, que llegaron a alcanzar los 82.547 millones tan solo en 2012.
La solvencia financiera, también es evidente, depende fundamentalmente de los salarios y de la renta disponible. Pero lo cierto es que los 900.000 empleos creados en los dos últimos años (tras destruirse una cifra muy parecida en los dos años anteriores) son en buena medida de bajos salarios. Y con ingresos mensuales de 800-1.000 euros, como revelan los datos de Hacienda, es preferible no acudir al banco para pedir un préstamo hipotecario, salvo que el precio de la vivienda hubiera caído más.
Es decir, que se está produciendo una paradoja económica. Crece la renta disponible de las familias (por la creación de empleo) y algo los salarios (por el descenso de la inflación), pero este avance es insuficiente para hacer posible que el caballo beba agua. Hoy no tiene sed. Y si la tiene, el bozal le impide beber.
PD3: Muchos no lo entienden… Es un duopolio de la economía…

SIN EXPLICACIONES AL DESCENSO DE LA PRODUCTIVIDAD EN TODO EL MUNDO

Economía digital, robots, innovaciones colaborativas, despliegue de tecnologías disruptivas en numerosos campos sociales. Y entonces, ¿por qué desde mediados de los años 70 los incrementos de la productividad del trabajo son cada vez menores? ¿Por qué, países de perfiles tan diferentes como EEUU, Japón, Alemania, México o Turquía convergen hacia crecimientos anuales de productividad cercanos al 1%, seis veces menores que los conocidos en los años 60?
¿Reflejan toda la realidad los gráficos y las estadísticas?
Es la primera duda que le surge a The Economist cuando aborda esta cuestión. El problema no es real, solo es de medición, dicen algunos. El progreso tecnológico en la economía de los intangibles aumenta la productividad en espacios y formas que los organismos de estadística no son capaces de detectar: entornos wiki, servicios colaborativos, intangibles financieros…representan nuevos servicios con valores de uso reconocidos por el gran público, como las redes sociales, que, sin embargo, no son fácilmente monetizables, es decir, no encuentran su valor de cambio.
De ser así, los defectos en la medición serían solo parciales, limitados a algunos servicios de los sectores de vanguardia de los países más avanzados. Y transitorios, porque deberían resolverse al alcanzar cierta madurez comercial esas tecnologías. Pero no podrían justificar una desaceleración tan persistente en el tiempo, tan general en países muy diferentes y tan pronunciada. Ni explica por qué comparten el mismo fenómeno EEUU con naciones industriales especialmente competitivas en bienes industriales de alto valor, como Alemania, o países emergentes como Turquía o México que, por no estar en la frontera de los últimos avances, les debería bastar con replicar tecnologías ya contrastadas para aumentar su productividad.
Por otro lado, las estadísticas sí han detectado las mejoras en productividad producidas en Japón (entre 1985 y 1995, coincidiendo con el desarrollo informático) o en Alemania en la década de los 90, coincidiendo con la unificación, o en EEUU, entre 1995 y 2005, coincidiendo con el inicio de las punto com. Y han detectado también que en cada uno de esos momentos cresta el incremento de la productividad perdía altura en relación con los anteriores. Nos enfrentamos, por tanto, a un problema de base real, no ficticio.
Innovaciones limitadas, oligopolios tecnológicos y financiarización de la economía, otras causas.
De modo que o los avances que tanto celebramos les falta la capacidad de arrastre sobre el conjunto de la economía que sí tuvieron la electricidad o el automóvil en el siglo XX, (tesis de Robert Gordon, economista de la Universidad de Northwestern) o estamos creando una economía dual, con sectores muy dinámicos que conviven con actividades de muy baja productividad (vendedores al detalle, cajeros y trabajadores en servicios de fast food son las ocupaciones más numerosas según la Oficina de estadísticas de EEUU) que compensan el efecto de los primeros. Y con grandes corporaciones altamente tecnificadas rodeadas de micropymes poco productivas (en Japón las PYME conforman 99.7% de los 4,2 millones de empresas existentes, un problema parecido al de España).
Los defensores de la desregulación defienden que la poca flexibilidad de muchas economías ricas les lleva a retener los negocios más obsoletos mientras favorecen el desplazamiento de las iniciativas más productivas hacia países emergentes sin corsés sociales, considerados más dinámicos. Los datos señalados en el cuadro, que incluyen a México y Turquía, no lo corroboran pero como argumento ideológico, sirve.
Otros añaden nuevos datos estructurales referidos a los sectores tecnológicos: solo unas pocas empresas conocidas por todos, las Google, Amazon y compañía, concentran la mayoría de la actividad en el sector privado mientras que un gran número de nuevas startup no consiguen hacerse grandes. Con ello, apuntan Jorge Guzmán y Scott Stern, del MIT, que la creación de grandes oligopolios tecnológicos puede estar frenando la competencia y empezar ya a ser un factor retardatario. Y añaden un nuevo dato: las grandes tecnológicas están empezando a aumentar su propensión a depositar sus ganancias en los mercados financieros antes que reinvertir de nuevo en el negocio tecnológico. Si fuera así, la economía productiva no estaría alimentándose adecuadamente con nuevas inversiones que potenciaran cambios en la productividad.
Los bajos salarios alimentan la baja productividad
Algunos otros economistas se centran en la relación bidireccional viciosa entre baja productividad y bajos salarios. Si los bajos salarios se justifican porque hay baja productividad también ocurre lo contrario: que la precariedad del trabajo desincentiva para invertir en nuevas máquinas que los reemplacen. Las inversiones en cajeros automáticos en supermercados son menos atractivos cuando hay un excedente de desempleados disponibles con sueldos precarios. ¿Para qué invertir en nuevos sistemas si obligando a trabajar más horas o reduciendo el salario hora aumento los beneficios?
De esto sabemos mucho en España. Las políticas del gobierno han elegido esa opción: eliminar colchones sociales, liberalizar el despido, incentivar la contratación a tiempo parcial, todo ello para favorecer el empleo barato que sacraliza las peores rutinas empresariales y un modelo low cost basado en la baja productividad. Pero no es solo en España. João Paulo Pessoa y John Van Reenen de la Escuela de Economía de Londres, argumentan en el mismo sentido para explicar los rasgos de la recuperación del empleo con baja productividad en Gran Bretaña y EEUU en los últimos años.
Economía colaborativa y otras innovaciones para la subsistencia.
No es solo que los bajos salarios desincentivan por el lado de la oferta la sustitución de hombres por máquinas sino que también debilitan la demanda de consumo. Y en la medida que ésta no puede ser alimentada con créditos, porque lo impide el exceso de endeudamiento global, las empresas deben ajustar su producción agregada a un futuro caracterizado por la demanda decreciente.
En ese contexto, el espacio de la productividad queda limitado a cómo producir lo mismo (o menos) con mucho menos recursos. Y no a producir más con la misma gente. Lo que explica que buena parte de las innovaciones están volcadas en soluciones adaptadas a una economía de la precariedad, típica del capitalismo que condena a la subsistencia a amplias capas sociales. Sin ir más lejos, la llamada economía colaborativa vuelca su principal campo de innovación en aportar ingresos supletorios para llegar a fin de mes a esos colectivos marginados mediante soluciones que resuelven, con la máxima eficiencia, el cómo compartir sus activos (coches, casas, equipos) infrautilizados. De modo que tanto la oferta como la demanda de esos servicios se nutre de aquellos que están por debajo del salario medio, como señala James Parrott, del Instituto de Política Fiscal de Nueva York.
Con ello se estrecha el campo económico para la innovación y se frenan los incrementos de productividad asociados a la satisfacción de aquellas nuevas demandas, cada vez más sofisticadas, que acompañarían al incremento del nivel de vida de la gente. Sin duda esa situación fue el que favoreció la explosión extraordinaria de la productividad hasta los años 80 del siglo pasado, justo durante el desarrollo del Estado de Bienestar. Una realidad que cuesta trabajo reconocer.
PD4: Y encima robotizamos los medios de producción…
PD5: “Muchos procesos de frustración personal surgen por no vivir conforme a los valores que se tienen”